LIBRE INDIRECTO.
¡Señor!, ¡señor!, la pelota. Los
angustiados gritos infantiles le llegaron nítidos desde el otro lado de la
calle y al volver la cara vio como el balón iba directo hacia él describiendo
un arco en el cielo. Fugaz como un rayo, vino a su memoria el pasado, cuando, a los dieciocho años estuvo a
punto de ser fichado por todo un primera
división.
Él, Marcos Meléndez, “Marquitos” la mejor zurda que había dado
el colegio San José, que a los quince años, en la final interprovincial de
juveniles había sido elogiado por el mismísimo José María García que a la sazón
actuaba de padrino del encuentro. Él, al que Una grave lesión y su timidez lo
acabaron relegando a las divisiones regionales se había retirado a los
veintiocho años, había desempeñado diversos oficios y, ahora a sus cuarenta y
cinco, casado, con dos hijos y propietario conductor de un taxi, mataba el
gusanillo con los partidos de fútbol siete que jugaba con los compañeros los
sábados por la tarde.
El balón botó con fuerza en el centro de la calle, justo
delante de un camión de reparto, se elevó de nuevo y comenzó a descender
delante de sus ojos, pensó en atraparlo con las manos pero una idea le cruzó la
mente. Aspiró profundamente, echó los codos atrás y esperó. En el último
instante soltó el aire, encogió levemente los hombros y parándolo con el pecho
lo dejó muerto a sus pies. Al otro lado de la calle, los niños miraron
boquiabiertos, sorprendidos quizá de que aquel señor calvo y fondón hubiera
hecho aquello. Él, guiñando un
ojo, levantó ligeramente la pierna y en un rápido movimiento con el canto de la
suela, la hizo rodar adelante y atrás. Introdujo la puntera bajo el esférico y
la alzó en el aire como un metro. Dio un paso atrás, giro su cuerpo basculando,
cargando suavemente el peso sobre su pierna derecha y sin mirar, en un gesto
repetido miles de veces, su zurda, aquella zurda que había levantado tantas
pasiones, la misma que un yugoslavo de nombre impronunciable había tronchado
una aciaga tarde de domingo, golpeó sabiamente con la cara interior del empeine
la pelota que se elevó describiendo una hermosa parábola. Subió, subió, subió…
El asombro en el rostro de los niños se fue convirtiendo en una mueca de
pánico, el balón pasó altísimo por encima de la verja y poco a poco fue
perdiendo altura hasta que inexorablemente acabó colgado en la copa de un
árbol.
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