sábado, octubre 07, 2006



COMO SARDINILLA EN LATA


Hay días en los que me siento tal que en la foto, agobiado, cabreado, ofuscado, en definitiva, enlatado. Cada vez me agota más seguir la actualidad política y social de este país y no digamos del resto de esta pequeña bolita en la que navegamos por el infinito.

El navegar por el espacio de la red me consuela bastante porque veo que hay gente que realmente sabe sacarle jugo a esto de la vida y no solo parece querer ser el mas rico del cementerio como a veces parece querer hacernos creer la caja tona y algunos políticos y gente de las finanzas.

Hoy querría ofreceros un cuento que escribí hace un tiempo. Es una carta de amor que imaginé viendo fotos de la ciudad de Pripiat y que espero que os guste.

QUERIDA IRINA

Querida Irina:

Te escribo esta carta sin saber donde enviarla, sin saber siquiera si podrás recibirla. Tu recuerdo ha regresado de improviso, de puntillas y en silencio como un ladrón en la noche. Escondido entre las páginas del dominical de un diario español que un amigo común (recuerdas al flaco Pasha) me hizo llegar hace unos días.

Al abrirlo al azar, el pasado estallo ante mis ojos. Allí estaba la vieja y gris Pripiat tal como la recordaba, detenida en el tiempo como el fotograma bloqueado de una película en las sesiones dominicales de querido cine Gorki.

Volvía a ver, después de tantos años, los descoloridos autos de choque donde nos conocimos y donde me atreví a preguntarte tu nombre después de perseguirte toda la tarde por la pista con mi pequeño bólido amarillo, gastando hasta el ultimo céntimo de mi escasa paga semanal.

También veía, allá al fondo, entre brumas de tiempo y de nostalgia, aquella noria donde una tarde de verano conseguí por fin robar el primer y fugaz beso de tus labios.

Ante mi atónita mirada, los recuerdos se agolpaban desbocados como enloquecidos caballos galopando en mis sienes. Como olvidar aquel terrible abril del ochenta y seis y aquel nombre maldito, Chernobil. Como borrar de la memoria a los soldados, embozados en sus mascaras de gigantescos insectos, los traslados masivos, el desarraigo, el abandonar de golpe casa y pasado, la interminable peregrinación por centros de aislamiento y casas de lejanos familiares a los que apenas conocía y, lo mas terrible para un muchacho enamorado de apenas dieciséis años, separarme (intuí que quizá para siempre) de tus ojos, de tu risa, de aquellas manos que acariciaban mis cabellos y que aún hoy, en la duermevela del primer sueño creo sentir sobre mi nuca.

La vida ha seguido su curso inexorable. Otra ciudad y otro paisaje me acogieron. El muchacho de entonces se ha convertido en el hombre que todas las mañanas veo en el espejo. Soy feliz, quiero y soy querido, he rehecho mi existencia lejos de aquella tierra convertida en pesadilla, sin embargo hoy, cuando una sola imagen ha tornado a la playa de mi memoria aquella botella que creí perdida hace mucho tiempo entre las olas de un lejano mar desconocido, mientras escribo esta carta sin saber siquiera donde enviarla ni si podrás algún día recibirla, hoy, de improviso, tu recuerdo ha regresado de puntillas y en silencio como un furtivo ladrón en la noche.

Te sigue amando, tu Oleg.